LECCIÓN DE CIENCIAS

Probablemente esta entrada me desacredite entre la comunidad científica. Me importa un bledo. Ayer husmeando entre las estanterías de una biblioteca de provincias, encontré un curioso libro. Un curioso libro del que ni bajo todas las cruentas torturas chinas, desvelare el nombre. No solo porque el nombre en si, del libro en cuestión me desacredite entre la comunidad científica, sino porque probablemente la gente que me conoce me deseche de su vida, me considere una apestada y no me vuelva a dirigir ni la palabra ni la mirada. Con razón. Porque si yo veo a una amiga o amigo con semejante libro entre las manos, le consideraría un pringaó y su persona desaparecería de mi vida como si nunca hubiera existido. De echo el título y el contenido del libro es muchísimo más avergonzarte que “Chicos, manual de instrucciones”. Libro por cierto que me leí con 13 años…y no me avergüenzo de ello, así que imaginad.
El libro es tan patético como su misterioso nombre indica…pero es gracioso. Hacia la mitad del libro (es lo que tiene la basura editorial, que te engancha y te la lees de una sentada), el autor hace una descripción muy visual de cómo actúan ciertas hormonas en el cerebro de hombres y mujeres. La descripción carece de rigor alguno, pero aporta base de conocimiento suficiente para los no entendidos, que les permita afirmar que determinados comportamientos inexplicables tienen explicación hormonal y que por lo tanto no esta chiflados. Sobre todo a las chicas que vivimos en una continua montaña rusa hormonal (lo que reafirma que si Dios existe, definitivamente es hombre)
Este es un extracto que habla de la “maravillosa?” oxitocina: “La oxitocina es el mago de Oz de nuestros cuerpos. Es responsable de dispersar el buen rollo, las emociones y las reacciones que más nos gusta experimentar a la mayoría. Está especialmente diseñada para hacernos olvidar el dolor y la desdicha. Peor al igual que el mago de marras, posee elementos poco fiables. De echo, a veces parece que la oxitocina puede ser de lo más injusta. Hasta hace relativamente poco se pensaba que las principales funciones de esta hormona tenían lugar durante el parto, y que correteaban por nuestro organismo el resto del tiempo. En fechas más recientes (los últimos tres o cuatro años) los científicos del mundo se han dado cuenta que la oxitocina juega un papel asombroso e importante en numerosas funciones fisiológicas. Resulta que hay dos tipos: una funciona como antídoto de la tensión. Por ejemplo, cuando estamos preocupados por algo, el cuerpo produce cortisol (más adelante volveremos a él; es algo más que un vibrador tipo Mad Max) que nos prepara para entrar en acción. Nos ponemos en estado de alerta, la respiración se acelera y empezamos a pensar enseguida en las mejores maneras de afrontar un drama inminente. En síntesis, es el cortisol el que te hace sentir como te sientes antes de una cita o un examen que te interesa aprobar. Es esencial para la supervivencia; de lo contrario nos dejaríamos arrollar por los autobuses. Sin embargo, como podéis imaginar, un mundo en el que produjéramos cortisol a manta sin un sistema de frenado sería aterrador. Sería como el primer día de rebajas en Selfridges todo el día, cada día. Por lo tanto, después del cortisol, la oxitocina entra en acción y nos calma.
Pero es el otro tipo de oxitocina el más interesante, porque este tipo es específico para la interacción social. No se libera en oleadas durante todo el día como otras hormonas, sino que se dispensa en función de lo que estamos haciendo. Cuanto más alternamos con la gente que nos gusta, más producimos y más felices nos sentimos. ¡Es un circulo de la alegría hippytástico!. Si una hormona puede lograr que te sientas alegre y querida, insuflar primavera en tu paso y una sonrisa en tu cara sólo por salir de casa y charlar con alguien cordial, ¿os imagináis el revuelo que causa si abrazas a alguien? ¡Contacto humano total, con charla y sonrisas, y también un olorcillo agradable de su ramillete hormonal! Es una fiesta con orquesta, crudités y piñata. Lo cual conduce como era de prever al sexo. La fiesta definitiva. En lo tocante a las mujeres, es un festival. Carrozas, disfraces y camiones llenos de altavoces que transmiten a toda pastilla música dance. Pero, como siempre, no es tan sencillo como parece. Porque cuando el sexo envía una potente ráfaga de oxitocina a la fiesta, no la envía sola. ¡No carajo! ¿Por qué aparecer solo en el mejor concierto de la ciudad? El sexo también invita a las festividades a toda una pandilla de otras hormonas. Para empezar, está la dopamina, uno de los productos gratificantes del cerebro. La dopamina es el Rocky de las hormonas, te mantiene concentrado y absorto en un objetivo. Si pudiéramos ver a la dopamina, llevaría sin duda cinta elástica en la cabeza y shorts de aspecto inflamable. Es lo que se libera después del ejercicio. Es dopamina lo que susurra en tu cerebro cuando vas al gimnasio una vez al mes, y te impulsa a pensar en la ducha: “¡Esto es asombroso! Caramba, ¿por qué no hago esto siempre? Voy a empezar a hacer ejercicio cada mañana camino a la oficina!” (es la ausencia de dopamina en el organismo lo que consigue que abandonar la cama para ir al gimnasio una fría mañana de invierno parezca una proposición ridícula, adecuada solo para californianos y esposas trofeo). Cuando la oxitocina y la dopamina acuden juntas a la fiesta de tu cerebro, no logra que el sexo sea gratificante, sino el sexo con esa persona en particular. Y la fiesta no hace más que descontrolarse cuando estas dos empiezan a pasárselo en grande con sus colegas de buenos momentos, las endorfinas. Estos tipos son animales de fiesta. Consiguen que te sientas tan bien que les llaman los opiáceos naturales del cuerpo. (…)
Durante el sexo, además de todo esto, se liberan los anticuados estrógenos y testosterona. En el cuerpo femenino, los estrógenos potencian los efectos de la oxitocina pero en el hombre la testosterona los disminuye, los ataca. De manera y para que sirva de ejemplo es como si una pareja estuviera bebiendo en un bar. Ella bebe todo tipo de extravagantes bebidas: champán, ginebra, vodka y ese extraño líquido azul de la botella que hay al final de la barra y nadie pide. Entre tanto, el hombre está siguiendo el consejo de todos esos aburridos especialistas en enfermedades hepáticas que salen entrevistados en los periódicos en Navidad. Solo bebe champán a palo seco, y entre copa y copa, agua. Y antes de ir al bar, tomó un buen plato de pasta y una cuchara de aceite de oliva para forrar su estómago. De modo que cuando un taxi lleva al hombre y a la mujer de vuelta a casa, él lleva un suave colocón, mientras que la mujer está bailando sobre la mesa con los zapatos de tacón en mano, el vestido en la otra y las varillas de los cócteles metidas en el pelo ¿A QUIÉN LLAMARÁIS TU IRRACIONAL?”
El capitulo de este libro en cuestión sigue. No es plan transcribirlo entero.
No preocuparse nadie. Sobre mi mesilla ya tengo preparada “La eterna levedad del ser” como antídoto. Y como castigo (divino en este caso) “Los pilares de la tierra” que en su día los deje por imposible. Pero me lo tengo merecido.

2 comentarios:

Señor Quinquillero dijo...

Lo mejor es que hace una semana estuve en el campo de un amigo, la casa es de sus padres y me toco dormir en una habitación con varios libros que creo que era de alguna hermana. Rebuscando entre los libros me encantré con este ejemplar y me meaba de la risa leyéndolo.

Un beso.

Wednesday dijo...

Te pido por favor, pero como favor personal (por el "secreto" que nos une jeje) que jamás desveles el titulo!!!
Te meas de verdad con el libro, me lo lei de una tacada, es malisimo

 

Me leen...